Jenny María Berrones Yaulema, Alex Fernando Chimbo Yanza, Katherine Yesenia Sailema Caguana, Rufina Narcisa Bravo Alvarado 487
1. Introducción
La lectoescritura constituye un proceso fundamental en los primeros años de educación, pues permite
a los estudiantes desarrollar habilidades comunicativas esenciales que facilitan la comprensión, la
producción de textos y la construcción de aprendizajes posteriores. En la actualidad, la lectoescritura
se concibe como una práctica sociocultural que integra procesos cognitivos, lingüísticos y
multimodales orientados a comprender, interpretar y producir significados (MINEDUC, 2025;
UNESCO, 2023). Desde esta perspectiva, su enseñanza debe promover experiencias significativas que
vinculen la lectura, la escritura y el lenguaje oral en contextos reales y motivadores.
El aprendizaje de la lectoescritura se inicia entre los 4 y 6 años y se fortalece progresivamente con
la mediación docente y la interacción con el entorno. En el sistema educativo ecuatoriano, su enseñanza
formal comienza en el primer año de Educación General Básica, etapa en la que los estudiantes
desarrollan habilidades iniciales de decodificación y comprensión de textos simples. En segundo año,
se espera la consolidación de estos procesos mediante la lectura comprensiva de textos breves, la
producción escrita coherente y la aplicación de normas básicas del lenguaje (MINEDUC, 2025). Sin
embargo, la persistencia de metodologías tradicionales centradas en la copia y la repetición mecánica
limita el desarrollo integral de estas competencias (Morales & Perozo, 2021; Jácome et al., 2023).
En este contexto, los audiocuentos emergen como una estrategia pedagógica innovadora que
combina elementos narrativos, estimulación auditiva y recursos multimodales para potenciar la
comprensión y la producción escrita. Escuchar un cuento implica identificar personajes, secuencias,
conflictos y significados que luego se transforman en insumos para la expresión oral y escrita. Estudios
recientes destacan que el aprendizaje multimodal, que integra canales auditivos, visuales y
lingüísticos, favorece la atención, la motivación y la construcción de significados profundos en el
estudiantado (Flores, 2021; Cujilán-Meza et al., 2025).
A pesar de su potencial, los resultados en lectura en Ecuador continúan siendo preocupantes. El
Instituto Nacional de Evaluación Educativa (2018) reportó que solo el 49 % de los estudiantes alcanza
el nivel mínimo de competencia lectora, lo que evidencia debilidades que impactan transversalmente
el rendimiento académico. Aunque esta cifra es la más actual disponible, revela la urgencia de aplicar
metodologías activas que fortalezcan la lectoescritura desde los primeros años. Investigaciones
recientes han demostrado que los audiocuentos pueden mejorar la comprensión auditiva, el
vocabulario y la organización textual, incluso en contextos con limitaciones tecnológicas (Cujilán-Meza
et al., 2025).
Al escuchar un cuento en formato de audio, el estudiante aprende a dar significado a lo que oye, a
reconstruir la trama y a entender lo que ha sucedido en la narración. Este ejercicio de comprensión
auditiva estimula la reflexión, la memoria y la capacidad de organización de ideas, lo cual se traduce
en una mejor expresión escrita. Así, el audiocuento no solo motiva al estudiante a leer y escribir, sino
que también lo ayuda a conectar la escucha con la producción textual, favoreciendo la construcción de
relatos propios, la mejora de la coherencia y el desarrollo de una escritura más significativa. Escuchar,
comprender y reinterpretar un audiocuento se convierten, entonces, en ejes fundamentales para
fortalecer la lectoescritura desde los primeros años escolares (Quiroz-Albán & Delgado-González,
2021).
La relevancia de este proceso ha sido ampliamente documentada. El Fondo de las Naciones Unidas
para la Infancia (UNICEF, 2020) resalta que la lectoescritura es esencial para el desarrollo del
pensamiento crítico, la expresión emocional y la participación cívica, y advierte que la ausencia de
metodologías activas e innovadoras desde la infancia puede incrementar las brechas educativas. De