Carmen Rosario Bazán Astete 146
1. Introducción
De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE, 2016), la
relación entre el capital social y la innovación tecnológica constituye un factor clave para fortalecer los
ecosistemas de emprendimiento. Esta interacción impulsa la creación de redes colaborativas, la difusión
del conocimiento y la adopción de tecnologías, elementos que en conjunto promueven el desarrollo
sostenible y el crecimiento económico.
En la actualidad, en medio de la transformación digital y el vertiginoso avance tecnológico, los
emprendimientos se hallan ante retos cada vez más singulares para cultivar la competitividad y la
capacidad de innovación. A estas alturas, la innovación tecnológica se ha convertido en un factor clave
para el desarrollo de productos, procesos y modelos de negocio (Schumpeter, 1934; OECD, 2005). Sin
embargo, la distancia entre la idea y el resultado no se acorta solo con financiación abundante o
tecnología de última generación, sino, la capacidad de cada emprendimiento para innovar reposa, en
igual o mayor medida, en la riqueza de sus conexiones sociales y en la dinámica de sus redes
interpersonales. De ahí que el capital social, con su carácter intangible y generativo, se afirme como un
activo estratégico para nutrir no solo la innovación, sino también la supervivencia y el desarrollo
sostenible de los emprendimientos (Putnam, 1993; Nahapiet & Ghoshal, 1998).
El capital social, visto como un conjunto de redes, normas y confianza que hacen posible la
cooperación entre actores, ejerce un impacto notable sobre el intercambio de conocimiento, la
disponibilidad de información crucial y la disminución de los costos de transacción (Coleman, 1988;
Woolcock & Narayan, 2000). En el ámbito del emprendimiento, estas redes - tanto estructuradas como
informales - pueden ser el catalizador que acelera la adopción de tecnologías emergentes, propicias
sinergias entre organizaciones y refuerza las capacidades dinámicas necesarias para impulsar la
innovación (Adler & Kwon, 2002; Tsai & Ghoshal, 1998).
A pesar de que la relación entre capital social e innovación tecnológica ha sido abordada desde
diversas perspectivas teóricas y empíricas, aún persisten vacíos en cuanto a su sistematización,
especialmente en contextos latinoamericanos y emergentes, donde las redes sociales en muchos casos
cumplen funciones sustitutivas ante la débil institucionalidad o la escasez de recursos formales (Durston,
2000; Becerra & Lillo, 2019). Por otra parte, el vínculo entre estas dos variables en el ámbito específico de
los emprendimientos sigue siendo una línea de investigación en consolidación, lo que hace necesario
explorar de manera más integral el estado del conocimiento actual.
A nivel local, la innovación tecnológica, es decir, la aplicación del conocimiento técnico al desarrollo
de productos, servicios o procesos es la principal fuente de diferenciación para la supervivencia y
desarrollo de estos emprendimientos (OECD, 2005; Schumpeter, 1934). En países de América Latina, y
particularmente en Bolivia, los emprendimientos suelen operar en contextos con limitaciones
estructurales, como el escaso acceso a financiamiento, la débil institucionalidad y la informalidad
predominante (Torrico & Arandia, 2020).
En América Latina, donde persisten desigualdades estructurales y brechas tecnológicas, las redes
sociales informales cumplen un papel sustitutivo ante la debilidad del aparato institucional formal
(Durston, 2000; Arocena & Sutz, 2012). En Bolivia, los emprendimientos muchas veces dependen de sus
lazos familiares, comunitarios o territoriales para acceder a información, apoyo logístico o recursos
tecnológicos (Rojas & Velasco, 2021). En otras palabras, el capital social podría actuar como un sustituto
de otros recursos más escasos o inaccesibles.
En este marco, el presente artículo tiene como objetivo analizar la producción científica sobre capital
social e innovación tecnológica en emprendimientos mediante un análisis bibliográfico basado en